Preparando Gente Santa para encontrarse con un Dios Santo
 

 
Actitudes esenciales en la oración

por Richard O'Ffill

Cierto día cuando volví a casa encontré que el teléfono no funcionaba. En una pared exterior de la casa hay una cajita donde llega la línea telefónica. Ahí es posible verificar si el problema esta en el interior de la casa o si tiene que ver con la línea de afuera.

Examine la caja y encontré que la línea telefónica estaba inactiva. Busqué otro teléfono y llamé a la compañía. Pronto llegó un técnico, quien confirmó que la comunicación estaba interrumpida desde el exterior. La línea es subterránea desde ese punto hasta un lugar en el límite de la propiedad. No sabíamos que había sucedido. La línea que llegaba al límite de la propiedad funcionaba normalmente pero la línea subterránea estaba interrumpida.

Que había sucedido? Cuando el vecino instaló un nuevo cerco el día anterior cortó la linea sin darse cuenta. El técnico instaló una linea provisoría y regresó una semana después para efectuar la reparación permanente. Así quedó resuelto el problema.

Se considera que una compañía tiene éxito cuando ofrece un excelente servicio de apoyo y reparaciones. La gente hace más negocio con las compañías que ofrecen no solo los mejores precios sino, además, el mejor servicio.

Sospecho que esta mentalidad ha contagiado nuestro concepto de la oración. Tendemos a ver a Dios como el servicio infalible.

Cuando llamamos a un mecánico para que componga una máquina lavarrropas, o cuando llevamos el carro al garaje para que lo reparen, no es indispensable estar en buenas relaciones con el personal. En efecto, si no recibimos el servicio que merecemos, podemos presentar una queja en la administración. Esta misma actitud, transportada al plano espiritual, podría resultar fatal para nuestra relación con Dios y convertir la oración en una práctica ineficaz.

El propósito de la oración, no es persuadir a Dios a que nos sirva, sino enseñarnos a acudir a Dios con una actitud de servicio y obediencia de su voluntad. También recordamos que como Padre celestial, él se interesa mas en nosotros que nosotros mismos, y sabe lo que necesitamos antes que se lo pidamos.

Cierta vez platicaba con alguien acerca de que Dios nos creó para su gloria y satisfacción. Esta persona no estaba totalmente de acuerdo con este concepto, y suponía que si así fuera, sería una muestra de egoísmo de parte de Dios.

Su preocupación era: " ¿Y en que queda mi felicidad? Si estoy siempre procurando la felicidad de Dios, ¿de dónde sacaré tiempo para disfrutar de mi vida?" Estimado lector, cuando estamos promoviendo la felicidad de Dios y glorificando su nombre, difícilmente pudríamos ser mas felices nosotros mismos. La importancia y el significado de toda nuestra existencia, nuestra felicidad presente y futura, es proporcional al grado de extensión en que hacemos su voluntad y le servimos.

Esta presentación se refiere a ciertas actitudes esenciales que debemos manifestar en la oración. Es muy importante que comprendamos este concepto. Si tendemos a considerar la oración como un pedido de servicio, pensaremos que se trata de algo que debe efectuarse mecánicamente. Muchos piensan que si oramos de cierto modo o si lo decimos de otro modo, la oración resultará eficaz. Y en caso de que no produzca el resultado apetecido podemos orar usando palabras diferentes. La oración no se refiere a hacer, sino a ser. No importa cuan técnicamente correctas sean nuestras oraciones, si nuestras actitudes no son correctas, habremos perdido el tiempo.

La gente suele quejarse de que su matrimonio ha llegado a ser aburridor, por lo que desean introducir algo de sazón e interés, lo cual los induce a experimentar con nuevas relaciones, actitudes y prácticas.

Diremos de paso que es necesario ser sumamente cuidadosos cuando procuramos infundir significado a nuestras relaciones mediante la experimentación con nuevos enfoques. Extraer nuevo significado de las relaciones significa manifestar nuevas actitudes y no nuevas técnica. Si aplicamos las técnicas que se practican en el mundo, pueden destruir hasta nuestras relaciones interpersonales más íntimas.

El pecado tiene que ver con las actitudes erróneas, las cuales conducirán inevitablemente a acciones equivocadas. Pero no es necesariamente cierto que las acciones correctas cambiarán las actitudes erróneas. Esto se debe a que todos sabemos que es posible hacer lo que es correcto por razones equivocadas.

Podemos pensar en cien necesidades o problemas personales, pero nuestra mayor necesidad consiste en tener nuevas actitudes. ¿Ha notado usted que los problemas más graves se presentan como resultado de las actitudes equivocadas?

Desconozco cual sea la preocupación que predomina en sus oraciones en este momento, pero le sugiero definidamente que si las actitudes no han sido su preocupación, ahora es el momento de incluirlas en sus oraciones.

Es posible que alguien le haya dicho: "No me agrada su actitud". Cuanto más escudriño me conciencia, tanto más comprendo que tengo actitudes que no me agradan. Esto se ha intensificado en los últimos años, porque me han sucedido algunas cosas que me han revelado lo que mis actitudes son en realidad y eso ha hecho que las deteste.

Nuestros cuatro hijos ya son adultos. Dos de ellos han tenido fracasos matrimoniales. En todas partes hay gente que ha pasado por esta misma experiencia traumática que exacerba las actitudes negativas.

La reacción inicial suele ser tristeza y frustración. Luego se imponen el resentimiento y la ira. Después de eso suele aparecer vergüenza y desconcierto.

La primera reacción puede ser: "¿Por que me tratan así? ¿En que falle?" "¿Que pensará la gente de mí?" ¿Como debo orar por un cónyuge que ha abandonado el hogar y a sus hijos?

Con el transcurso de los años he llegado a la conclusión de que he pasado mucho tiempo orando a Dios que cambie al mundo, y poco tiempo pidiendole que me cambie a mí y me dé una actitud correcta. Me complace decir que finalmente estoy cambiando. Estoy empezando a ordenar mis prioridades, y como resultado se han producido algunos milagros increíbles.

No, no se trata de resurrecciones de personas muertas ni de recibir cheques en momentos de gran necesidad. Pero puedo afirmar que Dios esta cambiando mi manera de ser en forma notable. Pero todavía no ha concluido conmigo, aunque puedo testificar de la promesa bíblica según la cual "las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas" (2 Cor. 5:17). No estamos hablando de una nueva casa, de un auto nuevo, de ropa a la moda ni siquiera de un cuerpo nuevo: estamos hablando, en cambio, de nuevos conceptos y de nuevas actitudes.

Actitud de alabanza

Una de las actitudes que debemos pedir a Dios es la actitud de alabanza. Quien no tenga esta actitud no podrá alabar a Dios exteriormente, porque Dios no mora lo que está afuera, sino que mira el corazón (1 Sam. 16:7). Efectué un estudio sobre el tema de la alabanza, porque esta expresión está perdiendo su verdadero sentido en nuestro idioma. Muchas palabras cargadas de sentido son ahora nada más que cascarones vacíos desprovistos del sentido original.

Alabar a Dios es darle el crédito por todo. Una persona con una actitud egoísta no puede alabar a Dios, aunque exteriormente cause la impresión de hacerlo. Lo que hace en realidad es adularlo. Y todos sabemos que la adulación es una alabanza hipócrita.

Estamos muy dispuestos a pedir favores para nosotros, pero la mayor parte de las veces fallamos en darle crédito por contestar nuestras oraciones. Pedimos a Dios que sane a un familiar o a un amigo enfermo, y después que lo ha hecho no volvemos a comunicarnos con él para agradecérselo . Peor aún, cometamos lo eficientes que fueron los médicos del hospital que lo atendieron y restauraron su salud.

Oramos antes de iniciar un viaje y pedimos a Dios que nos cuide; pero cuando llegamos sin ningún inconveniente, olvidamos darle las gracias.

Sin la actitud de oración solo hacemos un simulacro de alabanza a Dios, pero sin conseguirlo. Actualmente la gente trata de hacer mas interesantes y entretenidos los servicios de la iglesia. Debemos comprender que una persona que no ha nacido de nuevo, que es mundana y egoísta, no puede alabar genuinamente a Dios.

Cuando la Biblia dice: "Alaben la misericordia de Jehová y sus maravillas" (Sal. 107:8), no se está refiriendo a los aplausos y los gritos, no al batir de los tambores y las danzas; tampoco al alzamiento de las manos ni a las estentóreas exclamaciones de amén. Se trata de algo más profundo que se origina en el corazón. Tal vez antes de pedir a Dios que nos enseñe a alabarle, debemos orar pidiendo que nos infunda la actitud de alabanza.

Hay otro concepto importante que es necesario considerar en relación con la alabanza, y es que no podemos elevarnos más alto que el concepto que tenemos de Dios.

Durante las décadas pasadas se ha manifestado una creciente tendencia a rebajar a Dios hasta nuestro nivel humano. Recuerdo un canto de hace algunas décadas titulado" ¿Has hablado con el Hombre del piso de arriba?" La gente, en sus pláticas, se refiere a Dios como "El Hombre Grande". Los jugadores de un equipo de fútbol denominado Los Pumas, antes de panear sus jugadas, oraban al "Gran Puma Celestial".

Mientras insistamos en rebajar a Dios a nuestro nivel, se producirán dos cosas. Una es que no podremos ser elevados de nuestra actual condición caída, y la otro es que no podremos alabar a Dios como él lo merece y debe ser alabado.

Alguien declaró cierta vez que no se sentía a gusto con el pasaje que dice:" temed a Dios y dadle honra" (Apoc. 14:7). Dijo que no quiere tener un Dios al que debe temer, sino más bien un Dios con quien pueda sentarse lado a lado en un sofá para platicar con él. Aunque en realidad Dios es un amigo, es mucho más que eso. ¡Por ejemplo, !no adoramos a nuestros amigos!

Jesús nos llama a la santificación

Otra actitud importante de la oración eficaz es la santificación. Jesús oro: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad... Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad:. (Juan 17:17,19).

Una persona que no se ha santificado a Dios no puede orar eficazmente. Cuando oramos: "Hágase tu voluntad", queremos decir que estamos santificados y dedicados a obedecer su voluntad sin tomar en cuenta el costo.

La oración no es una transacción efectuada a distancia. Hacemos negocios todos los días con desconocidos dentro del contexto de la ley. Es posible negociar con una persona que no nos agrada si tiene algo que deseamos. Pero esta clase de relación es imposible con Dios. Orar no es negociar con Dios.

La Biblia dice que el que se acerca a Dios debe creer que existe y que recompensa a los que le buscan ( Heb. 11:6). Entonces, la oración no puede ser una transacción con Dios hecha a distancia, Cuando nos acercamos a él mediante la oración eficaz, tarde or temprano debemos entregarnos totalmente a él, con el entendimiento de que realmente obedeceremos su voluntad. Algunos suponen que obedecer la voluntad de Dios es incurrir en un acto legalista y por eso mucha gente se niega a obedecer los Diez Mandamientos.

Quisiera hacer una pregunta a quienes objetan el concepto de obediencia y la idea de guardar los mandamientos: ¿Está exenta de hacer la voluntad de Dios una persona que ama a Jesús? Por cierto que no. ¿No son los Diez Mandamientos la voluntad de Dios? Ciertamente lo son.

Hace algún tiempo hice esta pregunta en un foro religioso de internet. Alguien contesto que no es necesario obedecer los Diez Mandamientos. A continuación envíe otro mensaje con esta pregunta "¿Cuales son los mandamientos que no necesitamos obedecer? "¿Es el que dice que no debemos matar or el que prescribe que no debemos robar?"

¿Durante cuánto tiempo seguirá la gente agraviando al Espíritu Santo? Es necesario renovar continuamente nuestro compromiso de santificación con el Señor si queremos orar eficazmente. Alguien puedo preguntar por qué necesitamos santificarnos de continuo al Señor. La respuesta es que cuando manejamos un carro tenemos que mantener las manos constantemente en el volante. Puede ser el mismo chofer y el mismo carro, pero es el camino el que cambia; y si no estamos dedicados a conducir, es seguro que nos saldremos del camino.

Debido a que vivimos en un mundo de pecado, fuera y dentro de nosotros, debemos mantener vigente nuestra santificación a Dios, la cual se convierte en un escudo contra la tentación. Cuando soy tentado, pienso en mi consagración a Dios y él me concede su gracia o poder para vencer.

No hace mucho tiempo, mientras manejaba mi carro surgió una tentación en mi mente. Cuando comprendí que estaba siendo tentado, me dije: "Nunca podría hacer eso. Mi consagración a Cristo no permite esa clase de acción". Eso me permitió comprender mejor el significado de estas palabras: "El amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14).

Entonces, la actitud de santificación o consagración es indispensable para poder orar eficazmente.

El arrepentimiento

El tema del perdón de Dios se ha tratado con mucho énfasis, porque la verdad es que sin su perdón estamos perdidos. Cuando Dios creó este planeta, creó el oxígeno antes de crear a los seres humanos, los animales y los vegetales que lo usarían. Del mismo modo, cubrió el mundo con el perdón antes que hubiera alguien que dijera "lo siento". No es la respiración lo que nos mantiene vivos, sino el oxígeno que respiramos. Sin embargo, la forma como obtenemos el oxígeno es por medio de la función respiratoria. De igual modo, no nos mantenemos vivos espiritualmente por el arrepentimiento, sino por la gracia de Dios manifestada en su perdón. Pero el arrepentimiento es lo que pone en acción el perdón en nuestras vidas. Por eso cuando hablamos de la importancia del perdón de Dios siempre debiéramos señalar al mismo tiempo la necesidad de arrepentimiento.

La palabras confesión y arrepentimiento se ven juntas con frecuencia. Algunas personas están dispuestas a confesar, pero no a arrepentirse. Otras dicen que se han arrepentido, pero que no están dispuestas a confesar sus yerros. Pero la Biblia enseña claramente que debemos confesarnos las faltas unos a otros, y como resultado seremos sanados. Si perjudicamos continuamente a alguien y no confesamos nuestro mal, la situación se deteriorará hasta el punto de romper la relación, lo cual sucede con frecuencia en los matrimonios mal avenidos. Hay esposos y esposas que pelean todo el tiempo y su relación va de mal en peor porque nunca se produce ninguna confesión ni pedido de perdón. Esta es la razón por la que los cónyuges que están a punto de divorciarse dicen" "!Qué más da! De todos modos nunca lo (o la) amé". Lo dicen porque lo único que recuerdan en ese momento aflictivo so los agravios y ofensas de los que fueron victimas sin que nunca el cónyuge culpable pidiera perdón o intentara sinceramente remediar la situación.

Los que tienen matrimonios mal avenidos podrían preguntar que necesidad hay de pedir perdón ahora que todo ha terminado, y dicen que de todos modos el cónyuge agraviado sabe que ellos lamentan haber cometido errores ye mantenido actitudes que los condujeron al borde del divorcio. Pero eso no es más que una falsa suposición. La verdad es que es posible que el otro cónyuge no sepa o no crea que el esposo o la esposa culpable experimenta aflicción por lo que hizo, y como resultado archiva en su memoria los agravios y las ofensas sufridos, los cuales recordara con mas intensidad y desagrado cada vez que su cónyuge culpable vuelva a cometer alguna ofensa, hasta que finalmente ocurrirá el golpe final que destruirá la relación conyugal.

Cuando era niño andaba descalzo la mayor parte del verano. De vez en cuando pisaba un clavo enmohecido, lo cual me causaba una herida punzante en el pie, que no sangraba. Se sabe que la sangre arrastra los microbios contaminantes fuera de la herida y la limpia. En esos casos mis padres me levaban al medico para que me pusiera una inyección antitetánica.

Cuando nos ofendemos e insultamos mutuamente, aunque sea por accidente, la herida que dejamos debe ser limpiada y esterilizada. La Biblia dice: "Sin confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiabarros de toda maldad" (1 Juan 1:9).

La actitud de arrepentimiento acompañado de confusión podemos considerarla como uno de los componentes más importantes de la vida cristiana. Tenemos que estudiar mucho acerca de cómo vencer el pecado. Pero todos tenemos que aprender primero como escapar del pecado cuando caemos en él. Este conocimiento nos ayudará a ser vencedores.

Cuando hemos herido a nuestro cónyuge o a los miembros de nuestra familia, no basta que pensemos: "Sé que estaba equivocado, pero no diré nada porque con eso sólo empedraría las cosas". Eso depende de lo que digamos. Muchos hombres sienten temor de admitir que se habían equivocado y de pedir perdón, porque creen que con eso perderán el respecto de sus familiares. Pero la realidad es lo opuesto.

No es suficiente que pidamos a Dios que nos perdone. Cuando un hombre se arrodilla para orar después de una gran pelea con su espose, puede decir: "Dios, perdona mis pecados. Amén". Pero a menos que también haya pedido perdón a su esposa, no se ha arrepentido de verdad.

El mayor error en el que podemos incurrir cuando cometemos un error es no admitirlo y no pedir perdón. Resulta interesante comprender cómo el corazón carnal procura evitar humillarse y reconocer su culpa

El lector habrá notado que en las oraciones en que pedimos perdón por nuestros pecados habitualmente decimos algo como esto "Te ruego que perdones nuestros pecados". O bien "Te ruego que perdones nuestros pecados y errores" o "Señor, si hemos cometido pecados, te ruego que nos perdones".

Cierta vez cuando Jesús pasaba por la ciudad de Jericó, un hombre ciego se enteró de la noticia y comenzó a gritar desde lejos: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mi!" (Mar. 10:47).

La gente trató de callarlo. Cuando Jesús se percató de lo que sucedía mandó a llamarlo. Cuando llegó, Jesús le hizo una extraña pregunta: "¿Que quieres que te haga?" (Mar. 10:51). ¿Por que le habrá preguntado eso? Jesús sabía que era ciego. Hay aquí un punto que es importante para la oración. La función principal de la oración no es decir a Dios cuales son nuestras necesidades, sino reconocer ante él que estamos necesitados.

¿Qué tiene que ver esto con la forma como pedimos perdón por nuestros pecados? Tiene mucho que ver. Recordemos que tendemos a evitar la responsabilidad. Esa es la naturaleza del corazón natural. Muchas veces cuando pedimos a Dios que perdone nuestros pecados podemos estar diciendo: "Señor sé que no soportas el pecado. Reconozco que soy pecador, pero francamente preferiría hablar de otra cosa. De modo que si hay algo en mi que debo cambiar, te ruego que lo perdones para así poder continuar con nuestra plática".

Pero cuando pedimos a Dios que perdone nuestros pecados, él nos hace una pregunta que debemos responder: "¿Que pecados?" Hay una buena razón para esto. Cuando pedimos a Dios que perdone nuestros pecados no siempre deseamos que los perdone todos. Hay pecados que son pecados contra Dios, pero no los consideramos importantes, o bien aunque sabemos que estamos haciendo mal, racionalizamos y encontramos razones para seguir acariciándolos .

Uno de los pecados que evitamos desechar es el mal genio. El lector tal vez conoce a personas que han deshecho su matrimonio, perdido amigos, malogrado su relación con sus hijos o perdido su trabajo a causa de sus arranques de mal genio. Es posible que esas personas estén orando para remediar su temperamento descontrolado.

Alguien me dijo cierta vez que lo hacia, pero que no había conseguido cambiar. Yo sabía cuál era el problema; no había presentado ante Dios la situación total. Quería conservar una parte de su mal genio para impedir que otros lo atropellaran. Es Como si la gente necesitara un poco de agresividad para los días difíciles. Muchas veces pedimos a Dios que perdone nuestros pecados, pero no todos, ¡Tal vez el 90 por ciento!

Es posible que alguien piense que estoy tratando de hacer que se sienta culpable al sugerir que debe confesar sus pecados en forma específica. Puede pensar que lo único que se necesita es una confusión hecha en general. Pero la verdad es que debemos poner el pecado a la luz de la pureza de Cristo para comprender lo que realmente es. Es la única forma como podemos percatarnos de su gravedad y permitir que Dios nos conceda la victoria sobre él.

Cuando alguien se siente mal y va a consular con el médico y éste le dice que sólo se trata de una afección común que pasará dentro de 24 horas, el enfermo se siente reconfortado. Si el médico le informa que padece de un mal que amenaza su vida, la actitud del paciente será muy diferente. Los pecados que insistimos en cultivar amenazan nuestra vida, de modo que debemos reconocerlos como contenida en 1 Juan 1:9: "Sin confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad".

Cuando pedimos a nuestro Padre celestial que perdone nuestros pecados debemos tener la sincera intención de que sean todos. Debemos incluir el orgullo, el egoísmo, el resentimiento, la concupiscencia, la falta de dominio propio y tantos otros.

Cuando tenemos la actitud correcta hacia la confusión y el arrepentimiento, producirá frutos auténticos en nuestras vidas. Una persona que ora repetidamente para que Dios le perdone un mismo pecado, necesita orar para que Dios la convenza de que el pecado que insiste en practicar es malo y ofende a Dios. El que ha permitido que Dios le infunda una actitud de confesión y arrepentimiento no será dominado por el pecado. En Romanos 6:14 se promete que el pecado no ejercerá ningún dominio sobre nosotros.

Espero que estemos comenzando a comprender que cuando hablamos de actitudes no podemos dejar de escudriñar profundamente nuestra conciencia para ver cómo somos realmente y nuestro grado de fidelidad a Dios. Debemos recordar que nuestro carácter está constituido en gran medida por la suma de nuestras actitudes.

Por eso cuando comenzamos realmente a entender que es la oración, debemos incluir en ella no solamente las cosas que hacemos sino, además , nuestras actitudes. La actitud de una persona es lo que la induce a realizar las diversas acciones.

Cuando meditemos en el significado de la oración eficaz comenzaremos a comprender que la oración no es algo que hacemos para Dios, sino que es algo que Dios hace para nosotros. La oración es el condón umbilical de la vida cristiana; y como tal, es el acto que concibe, sustenta y nutre la vida cristiana.

El lector tal vez se pregunte si debe tener todas estas actitudes en la cantidad adecuada antes que sus oraciones sean eficaces. Si es así, sentirá que no vale la pena seguir orando en este momento, porque nunca podrá mantener esas actitudes.

No se desanime ni abandone la lucha. La respuesta nuevamente es la oración. La práctica mejora nuestras oraciones y las hace mas eficaces. El problema es que a veces no enfocamos correctamente nuestros pensamientos cuando oramos. Tenemos la tendencia de orar alrededor de los problemas reales, pero sin atacarlos directamente. Dios no es solamente Aquel que nos llevará al cielo, sino también el que nos preparará para ser traslados, si se lo permitimos. El lugar que origina todo esto, la plataforma de lanzamiento de la vida cristiana victoriosa, es la oración.

 
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