Cierto día cuando volví a casa encontré
que el teléfono no funcionaba. En una pared exterior
de la casa hay una cajita donde llega la línea telefónica.
Ahí es posible verificar si el problema esta en
el interior de la casa o si tiene que ver con la
línea de afuera.
Examine la caja y encontré
que la línea telefónica estaba inactiva. Busqué
otro teléfono y llamé a la compañía. Pronto llegó
un técnico, quien confirmó que la comunicación
estaba interrumpida desde el exterior. La línea
es subterránea desde ese punto hasta un lugar
en el límite de la propiedad. No sabíamos que
había sucedido. La línea que llegaba al límite
de la propiedad funcionaba normalmente pero la
línea subterránea estaba interrumpida.
Que
había sucedido? Cuando el vecino instaló un nuevo
cerco el día anterior cortó la linea sin darse
cuenta. El técnico instaló una linea provisoría
y regresó una semana después para efectuar la
reparación permanente. Así quedó resuelto el problema.
Se considera
que una compañía tiene éxito cuando ofrece un
excelente servicio de apoyo y reparaciones. La
gente hace más negocio con las compañías que ofrecen
no solo los mejores precios sino, además, el mejor
servicio.
Sospecho
que esta mentalidad ha contagiado nuestro concepto
de la oración. Tendemos a ver a Dios como el servicio
infalible.
Cuando
llamamos a un mecánico para que componga una máquina
lavarrropas, o cuando llevamos el carro al garaje
para que lo reparen, no es indispensable estar
en buenas relaciones con el personal. En efecto,
si no recibimos el servicio que merecemos, podemos
presentar una queja en la administración. Esta
misma actitud, transportada al plano espiritual,
podría resultar fatal para nuestra relación con
Dios y convertir la oración en una práctica ineficaz.
El propósito
de la oración, no es persuadir a Dios a que nos
sirva, sino enseñarnos a acudir a Dios con una
actitud de servicio y obediencia de su voluntad.
También recordamos que como Padre celestial, él
se interesa mas en nosotros que nosotros mismos,
y sabe lo que necesitamos antes que se lo pidamos.
Cierta
vez platicaba con alguien acerca de que Dios nos
creó para su gloria y satisfacción. Esta persona
no estaba totalmente de acuerdo con este concepto,
y suponía que si así fuera, sería una muestra
de egoísmo de parte de Dios.
Su preocupación
era: " ¿Y en que queda mi felicidad? Si estoy
siempre procurando la felicidad de Dios, ¿de dónde
sacaré tiempo para disfrutar de mi vida?"
Estimado lector, cuando estamos promoviendo la
felicidad de Dios y glorificando su nombre, difícilmente
pudríamos ser mas felices nosotros mismos. La
importancia y el significado de toda nuestra existencia,
nuestra felicidad presente y futura, es proporcional
al grado de extensión en que hacemos su voluntad
y le servimos.
Esta
presentación se refiere a ciertas actitudes esenciales
que debemos manifestar en la oración. Es muy importante
que comprendamos este concepto. Si tendemos a
considerar la oración como un pedido de servicio,
pensaremos que se trata de algo que debe efectuarse
mecánicamente. Muchos piensan que si oramos de
cierto modo o si lo decimos de otro modo, la oración
resultará eficaz. Y en caso de que no produzca
el resultado apetecido podemos orar usando palabras
diferentes. La oración no se refiere a hacer,
sino a ser. No importa cuan técnicamente correctas
sean nuestras oraciones, si nuestras actitudes
no son correctas, habremos perdido el tiempo.
La gente
suele quejarse de que su matrimonio ha llegado
a ser aburridor, por lo que desean introducir
algo de sazón e interés, lo cual los induce a
experimentar con nuevas relaciones, actitudes
y prácticas.
Diremos
de paso que es necesario ser sumamente cuidadosos
cuando procuramos infundir significado a nuestras
relaciones mediante la experimentación con nuevos
enfoques. Extraer nuevo significado de las relaciones
significa manifestar nuevas actitudes y no nuevas
técnica. Si aplicamos las técnicas que se practican
en el mundo, pueden destruir hasta nuestras relaciones
interpersonales más íntimas.
El pecado
tiene que ver con las actitudes erróneas, las
cuales conducirán inevitablemente a acciones equivocadas.
Pero no es necesariamente cierto que las acciones
correctas cambiarán las actitudes erróneas. Esto
se debe a que todos sabemos que es posible hacer
lo que es correcto por razones equivocadas.
Podemos
pensar en cien necesidades o problemas personales,
pero nuestra mayor necesidad consiste en tener
nuevas actitudes. ¿Ha notado usted que los problemas
más graves se presentan como resultado de las
actitudes equivocadas?
Desconozco
cual sea la preocupación que predomina en sus
oraciones en este momento, pero le sugiero definidamente
que si las actitudes no han sido su preocupación,
ahora es el momento de incluirlas en sus oraciones.
Es posible
que alguien le haya dicho: "No me agrada
su actitud". Cuanto más escudriño me conciencia,
tanto más comprendo que tengo actitudes que no
me agradan. Esto se ha intensificado en los últimos
años, porque me han sucedido algunas cosas que
me han revelado lo que mis actitudes son en realidad
y eso ha hecho que las deteste.
Nuestros
cuatro hijos ya son adultos. Dos de ellos han
tenido fracasos matrimoniales. En todas partes
hay gente que ha pasado por esta misma experiencia
traumática que exacerba las actitudes negativas.
La reacción
inicial suele ser tristeza y frustración. Luego
se imponen el resentimiento y la ira. Después
de eso suele aparecer vergüenza y desconcierto.
La primera
reacción puede ser: "¿Por que me tratan así?
¿En que falle?" "¿Que pensará la gente
de mí?" ¿Como debo orar por un cónyuge que
ha abandonado el hogar y a sus hijos?
Con
el transcurso de los años he llegado a la conclusión
de que he pasado mucho tiempo orando a Dios que
cambie al mundo, y poco tiempo pidiendole que
me cambie a mí y me dé una actitud correcta. Me
complace decir que finalmente estoy cambiando.
Estoy empezando a ordenar mis prioridades, y como
resultado se han producido algunos milagros increíbles.
No, no se trata de resurrecciones
de personas muertas ni de recibir cheques en momentos
de gran necesidad. Pero puedo afirmar que Dios
esta cambiando mi manera de ser en forma notable.
Pero todavía no ha concluido conmigo, aunque puedo
testificar de la promesa bíblica según la cual
"las cosas viejas pasaron y todas son hechas
nuevas" (2 Cor. 5:17). No estamos hablando
de una nueva casa, de un auto nuevo, de ropa a
la moda ni siquiera de un cuerpo nuevo: estamos
hablando, en cambio, de nuevos conceptos y de
nuevas actitudes.
Actitud de alabanza
Una de las actitudes
que debemos pedir a Dios es la actitud de alabanza.
Quien no tenga esta actitud no podrá alabar a
Dios exteriormente, porque Dios no mora lo que
está afuera, sino que mira el corazón (1 Sam.
16:7). Efectué un estudio sobre el tema de la
alabanza, porque esta expresión está perdiendo
su verdadero sentido en nuestro idioma. Muchas
palabras cargadas de sentido son ahora nada más
que cascarones vacíos desprovistos del sentido
original.
Alabar
a Dios es darle el crédito por todo. Una persona
con una actitud egoísta no puede alabar a Dios,
aunque exteriormente cause la impresión de hacerlo.
Lo que hace en realidad es adularlo. Y todos sabemos
que la adulación es una alabanza hipócrita.
Estamos
muy dispuestos a pedir favores para nosotros,
pero la mayor parte de las veces fallamos en darle
crédito por contestar nuestras oraciones. Pedimos
a Dios que sane a un familiar o a un amigo enfermo,
y después que lo ha hecho no volvemos a comunicarnos
con él para agradecérselo
. Peor aún, cometamos lo eficientes que
fueron los médicos del hospital que lo atendieron
y restauraron su salud.
Oramos
antes de iniciar un viaje y pedimos a Dios que
nos cuide; pero cuando llegamos sin ningún inconveniente,
olvidamos darle las gracias.
Sin
la actitud de oración solo hacemos un simulacro
de alabanza a Dios, pero sin conseguirlo. Actualmente
la gente trata de hacer mas interesantes y entretenidos
los servicios de la iglesia. Debemos comprender
que una persona que no ha nacido de nuevo, que
es mundana y egoísta, no puede alabar genuinamente
a Dios.
Cuando
la Biblia dice: "Alaben la misericordia de
Jehová y sus maravillas" (Sal. 107:8), no
se está refiriendo a los aplausos y los gritos,
no al batir de los tambores y las danzas; tampoco
al alzamiento de las manos ni a las estentóreas
exclamaciones de amén. Se trata de algo más profundo
que se origina en el corazón. Tal vez antes de
pedir a Dios que nos enseñe a alabarle, debemos
orar pidiendo que nos infunda la actitud de alabanza.
Hay
otro concepto importante que es necesario considerar
en relación con la alabanza, y es que no podemos
elevarnos más alto que el concepto que tenemos
de Dios.
Durante
las décadas pasadas se ha manifestado una creciente
tendencia a rebajar a Dios hasta nuestro nivel
humano. Recuerdo un canto de hace algunas décadas
titulado" ¿Has hablado con el Hombre del
piso de arriba?" La gente, en sus pláticas,
se refiere a Dios como "El Hombre Grande".
Los jugadores de un equipo de fútbol denominado
Los Pumas, antes de panear sus jugadas, oraban
al "Gran Puma Celestial".
Mientras
insistamos en rebajar a Dios a nuestro nivel,
se producirán dos cosas. Una es que no podremos
ser elevados de nuestra actual condición caída,
y la otro es que no podremos alabar a Dios como
él lo merece y debe ser alabado.
Alguien declaró cierta
vez que no se sentía a gusto con el pasaje que
dice:" temed a Dios y dadle honra" (Apoc.
14:7). Dijo que no quiere tener un Dios al que
debe temer, sino más bien un Dios con quien pueda
sentarse lado a lado en un sofá para platicar
con él. Aunque en realidad Dios es un amigo, es
mucho más que eso. ¡Por ejemplo, !no adoramos
a nuestros amigos!
Jesús nos llama a la santificación
Otra actitud importante
de la oración eficaz es la santificación. Jesús
oro: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra
es verdad... Y por ellos yo me santifico a mí
mismo, para que también ellos sean santificados
en la verdad:. (Juan 17:17,19).
Una
persona que no se ha santificado a Dios no puede
orar eficazmente. Cuando oramos: "Hágase
tu voluntad", queremos decir que estamos
santificados y dedicados a obedecer su voluntad
sin tomar en cuenta el costo.
La oración
no es una transacción efectuada a distancia. Hacemos
negocios todos los días con desconocidos dentro
del contexto de la ley. Es posible negociar con
una persona que no nos agrada si tiene algo que
deseamos. Pero esta clase de relación es imposible
con Dios. Orar no es negociar con Dios.
La Biblia
dice que el que se acerca a Dios debe creer que
existe y que recompensa a los que le buscan (
Heb. 11:6). Entonces, la oración no puede ser
una transacción con Dios hecha a distancia, Cuando
nos acercamos a él mediante la oración eficaz,
tarde or temprano debemos entregarnos totalmente
a él, con el entendimiento de que realmente obedeceremos
su voluntad. Algunos suponen que obedecer la voluntad
de Dios es incurrir en un acto legalista y por
eso mucha gente se niega a obedecer los Diez Mandamientos.
Quisiera
hacer una pregunta a quienes objetan el concepto
de obediencia y la idea de guardar los mandamientos:
¿Está exenta de hacer la voluntad de Dios una
persona que ama a Jesús? Por cierto que no. ¿No
son los Diez Mandamientos la voluntad de Dios?
Ciertamente lo son.
Hace
algún tiempo hice esta pregunta en un foro religioso
de internet. Alguien contesto que no es necesario
obedecer los Diez Mandamientos. A continuación
envíe otro mensaje con esta pregunta "¿Cuales
son los mandamientos que no necesitamos obedecer?
"¿Es el que dice que no debemos matar or
el que prescribe que no debemos robar?"
¿Durante
cuánto tiempo seguirá la gente agraviando al Espíritu
Santo? Es necesario renovar continuamente nuestro
compromiso de santificación con el Señor si queremos
orar eficazmente. Alguien puedo preguntar por
qué necesitamos santificarnos de continuo al Señor.
La respuesta es que cuando manejamos un carro
tenemos que mantener las manos constantemente
en el volante. Puede ser el mismo chofer y el
mismo carro, pero es el camino el que cambia;
y si no estamos dedicados a conducir, es seguro
que nos saldremos del camino.
Debido
a que vivimos en un mundo de pecado, fuera y dentro
de nosotros, debemos mantener vigente nuestra
santificación a Dios, la cual se convierte en
un escudo contra la tentación. Cuando soy tentado,
pienso en mi consagración a Dios y él me concede
su gracia o poder para vencer.
No hace
mucho tiempo, mientras manejaba mi carro surgió
una tentación en mi mente. Cuando comprendí que
estaba siendo tentado, me dije: "Nunca podría
hacer eso. Mi consagración a Cristo no permite
esa clase de acción". Eso me permitió comprender
mejor el significado de estas palabras: "El
amor de Cristo nos constriñe" (2 Cor. 5:14).
Entonces, la actitud de
santificación o consagración es indispensable
para poder orar eficazmente.
El arrepentimiento
El tema del perdón de
Dios se ha tratado con mucho énfasis, porque la
verdad es que sin su perdón estamos perdidos.
Cuando Dios creó este planeta, creó el oxígeno
antes de crear a los seres humanos, los animales
y los vegetales que lo usarían. Del mismo modo,
cubrió el mundo con el perdón antes que hubiera
alguien que dijera "lo siento". No es
la respiración lo que nos mantiene vivos, sino
el oxígeno que respiramos. Sin embargo, la forma
como obtenemos el oxígeno es por medio de la función
respiratoria. De igual modo, no nos mantenemos
vivos espiritualmente por el arrepentimiento,
sino por la gracia de Dios manifestada en su perdón.
Pero el arrepentimiento es lo que pone en acción
el perdón en nuestras vidas. Por eso cuando hablamos
de la importancia del perdón de Dios siempre debiéramos
señalar al mismo tiempo la necesidad de arrepentimiento.
La palabras
confesión y arrepentimiento se ven juntas con
frecuencia. Algunas personas están dispuestas
a confesar, pero no a arrepentirse. Otras dicen
que se han arrepentido, pero que no están dispuestas
a confesar sus yerros. Pero la Biblia enseña claramente
que debemos confesarnos las faltas unos a otros,
y como resultado seremos sanados. Si perjudicamos
continuamente a alguien y no confesamos nuestro
mal, la situación se deteriorará hasta el punto
de romper la relación, lo cual sucede con frecuencia
en los matrimonios mal avenidos. Hay esposos y
esposas que pelean todo el tiempo y su relación
va de mal en peor porque nunca se produce ninguna
confesión ni pedido de perdón. Esta es la razón
por la que los cónyuges que están a punto de divorciarse
dicen" "!Qué más da! De todos modos
nunca lo (o la) amé". Lo dicen porque lo
único que recuerdan en ese momento aflictivo so
los agravios y ofensas de los que fueron victimas
sin que nunca el cónyuge culpable pidiera perdón
o intentara sinceramente remediar la situación.
Los
que tienen matrimonios mal avenidos podrían preguntar
que necesidad hay de pedir perdón ahora que todo
ha terminado, y dicen que de todos modos el cónyuge
agraviado sabe que ellos lamentan haber cometido
errores ye mantenido actitudes que los condujeron
al borde del divorcio. Pero eso no es más que
una falsa suposición. La verdad es que es posible
que el otro cónyuge no sepa o no crea que el esposo
o la esposa culpable experimenta aflicción por
lo que hizo, y como resultado archiva en su memoria
los agravios y las ofensas sufridos, los cuales
recordara con mas intensidad y desagrado cada
vez que su cónyuge culpable vuelva a cometer alguna
ofensa, hasta que finalmente ocurrirá el golpe
final que destruirá la relación conyugal.
Cuando
era niño andaba descalzo la mayor parte del verano.
De vez en cuando pisaba un clavo enmohecido, lo
cual me causaba una herida punzante en el pie,
que no sangraba. Se sabe que la sangre arrastra
los microbios contaminantes fuera de la herida
y la limpia. En esos casos mis padres me levaban
al medico para que me pusiera una inyección antitetánica.
Cuando
nos ofendemos e insultamos mutuamente, aunque
sea por accidente, la herida que dejamos debe
ser limpiada y esterilizada. La Biblia dice: "Sin
confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo
para perdonar nuestros pecados y limpiabarros
de toda maldad" (1 Juan 1:9).
La actitud
de arrepentimiento acompañado de confusión podemos
considerarla como uno de los componentes más importantes
de la vida cristiana. Tenemos que estudiar mucho
acerca de cómo vencer el pecado. Pero todos tenemos
que aprender primero como escapar del pecado cuando
caemos en él. Este conocimiento nos ayudará a
ser vencedores.
Cuando
hemos herido a nuestro cónyuge o a los miembros
de nuestra familia, no basta que pensemos: "Sé
que estaba equivocado, pero no diré nada porque
con eso sólo empedraría las cosas". Eso depende
de lo que digamos. Muchos hombres sienten temor
de admitir que se habían equivocado y de pedir
perdón, porque creen que con eso perderán el respecto
de sus familiares. Pero la realidad es lo opuesto.
No es
suficiente que pidamos a Dios que nos perdone.
Cuando un hombre se arrodilla para orar después
de una gran pelea con su espose, puede decir:
"Dios, perdona mis pecados. Amén". Pero
a menos que también haya pedido perdón a su esposa,
no se ha arrepentido de verdad.
El mayor
error en el que podemos incurrir cuando cometemos
un error es no admitirlo y no pedir perdón. Resulta
interesante comprender cómo el corazón carnal
procura evitar humillarse y reconocer su culpa
El lector
habrá notado que en las oraciones en que pedimos
perdón por nuestros pecados habitualmente decimos
algo como esto "Te ruego que perdones nuestros
pecados". O bien "Te ruego que perdones
nuestros pecados y errores" o "Señor,
si hemos cometido pecados, te ruego que nos perdones".
Cierta
vez cuando Jesús pasaba por la ciudad de Jericó,
un hombre ciego se enteró de la noticia y comenzó
a gritar desde lejos: ¡Jesús, Hijo de David, ten
misericordia de mi!" (Mar. 10:47).
La gente
trató de callarlo. Cuando Jesús se percató de
lo que sucedía mandó a llamarlo. Cuando llegó,
Jesús le hizo una extraña pregunta: "¿Que
quieres que te haga?" (Mar. 10:51). ¿Por
que le habrá preguntado eso? Jesús sabía
que era ciego. Hay aquí un punto que es
importante para la oración. La función principal
de la oración no es decir a Dios cuales son nuestras
necesidades, sino reconocer ante él que estamos
necesitados.
¿Qué
tiene que ver esto con la forma como pedimos perdón
por nuestros pecados? Tiene mucho que ver. Recordemos
que tendemos a evitar la responsabilidad. Esa
es la naturaleza del corazón natural. Muchas veces
cuando pedimos a Dios que perdone nuestros pecados
podemos estar diciendo: "Señor sé que no
soportas el pecado. Reconozco que soy pecador,
pero francamente preferiría hablar de otra cosa.
De modo que si hay algo en mi que debo cambiar,
te ruego que lo perdones para así poder continuar
con nuestra plática".
Pero
cuando pedimos a Dios que perdone nuestros pecados,
él nos hace una pregunta que debemos responder:
"¿Que pecados?" Hay una buena razón
para esto. Cuando pedimos a Dios que perdone nuestros
pecados no siempre deseamos que los perdone todos.
Hay pecados que son pecados contra Dios, pero
no los consideramos importantes, o bien aunque
sabemos que estamos haciendo mal, racionalizamos
y encontramos razones para seguir acariciándolos
.
Uno
de los pecados que evitamos desechar es el mal
genio. El lector tal vez conoce a personas que
han deshecho su matrimonio, perdido amigos, malogrado
su relación con sus hijos o perdido su trabajo
a causa de sus arranques de mal genio. Es posible
que esas personas estén orando para remediar su
temperamento descontrolado.
Alguien
me dijo cierta vez que lo hacia, pero que no había
conseguido cambiar. Yo sabía cuál era el problema;
no había presentado ante Dios la situación total.
Quería conservar una parte de su mal genio para
impedir que otros lo atropellaran. Es Como si
la gente necesitara un poco de agresividad para
los días difíciles. Muchas veces pedimos a Dios
que perdone nuestros pecados, pero no todos, ¡Tal
vez el 90 por ciento!
Es posible
que alguien piense que estoy tratando de hacer
que se sienta culpable al sugerir que debe confesar
sus pecados en forma específica.
Puede pensar que lo único que se necesita es una
confusión hecha en general. Pero la verdad es
que debemos poner el pecado a la luz de la pureza
de Cristo para comprender lo que realmente es.
Es la única forma como podemos percatarnos de
su gravedad y permitir que Dios nos conceda la
victoria sobre él.
Cuando
alguien se siente mal y va a consular con el médico
y éste le dice que sólo se trata de una afección
común que pasará dentro de 24 horas, el enfermo
se siente reconfortado. Si el médico le informa
que padece de un mal que amenaza su vida, la actitud
del paciente será muy diferente. Los pecados que
insistimos en cultivar amenazan nuestra vida,
de modo que debemos reconocerlos como contenida
en 1 Juan 1:9: "Sin confesamos nuestros pecados,
él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados
y limpiarnos de toda maldad".
Cuando
pedimos a nuestro Padre celestial que perdone
nuestros pecados debemos tener la sincera intención
de que sean todos. Debemos incluir el orgullo,
el egoísmo, el resentimiento, la concupiscencia,
la falta de dominio propio y tantos otros.